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Barberos, cirujanos y anestesistas

Cometeríamos un error al pensar la medicina de centurias atrás como la de hoy día con su asepsia infaltable, sus procedimientos protocolizados y las invaluables auditorias que la tecnología hace en los rincones y abismos del cuerpo del paciente. Antes, y es un antes no tan lejano como se supondría, las artes del corte curativo estaban más expandidas y no eran jurisprudencia exclusiva del médico sino que si acaso la dolencia no comportaba una gravedad terminal podría practicarse una breve cirugía a manos de un peluquero. Desde luego el rol de estos hombres de navajas en épocas de guerrera se expandían del pelo hacia otros territorios y tanto como emprolijaban una cabellera amputaban una pierna para evitar la gangrena. Sin embargo, también en los menos candentes tiempos de paz, también llevaban en sí responsabilidades médicas. El médico como tal, el formada y titulado trabajaba en las cortes y para el grueso pueblo padeciente quedaba el barbero como referente terapéutico para sangrías, extracciones dentales, pequeñas extirpaciones, castraciones eventuales y alguna que otra aventura corporal más o menos existosa. Si acaso nos interesa reseñarlos en su labor es porque según se puede espiar en las pinturas de la época (“la extracción” de Gerrit Dou (1613-1675), o “la visita del doctor” por Jan Steen (1626-1679), por mencionar algunas) utilizaban, además de elementos punzantes para sus cortes, instrumentos musicales para alivianar el dolor de los pacientes mientras eran sometidos a estos rudos procedimientos. Entonces, si bien el uso queda reflejado en estas prácticas nos invita a una pregunta central de la practica sonora: ¿puede la música aliviar el dolor? La respuesta es sí, aunque no es tan claro ni fácil explicar cómo y porque lo hace.

Efectos los hay, contundentes y medidos: disminución del miedo, la ansiedad, de los niveles de dolor y hasta disminución de la necesidad de opiodes en pacientes con dolor post-operatorio. Una de las principales pistas de porque esto es posible es gracias al efecto de la distracción que ofrece la música; disminuir el grado de atención del foco del dolor atenua la percepción del mismo y por ende hace más posible el transito terapéutico de la acción dolorosa. Como la música es un poderosísimo imán atencional al oírla nuestro caudal libidinal, emocional, atencional, se fuga hacia ese estímulo y por eso gozamos de los efectos positivos que la música nos transfiere olvidando las negativas y punzantes realidades del dolor presente. Un estudio de la Universidad de Utah en Estados Unidos demostró este poder de alejar con música el foco cognitivo del estimulo doloroso.

El musicoterapeuta Tim Ringgold, Director de Servicios de Musicoterapia Sonic Divinity en Orange, California, nos ofrenda su experiencia “Con frecuencia, los pacientes informan disminuciones en su percepción de dolor, ansiedad y náuseas después de una sesión típica de musicoterapia de 30 minutos”. La música le indicaría al cerebro que produzca las mismas endorfinas que se producen al oírla, aún cuando se la escuche en una situación dolorosa.

Queda tocar, hacer viajar las baqueta en la sublime circularidad de los cuencos tibetanos para recibir como respuesta ese alivio tan hondo que mal no haríamos en llamarlo Paz.-

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