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Llevarse los sonidos

Condenar al silencio es una de las sanciones más gravosas que pueden aplicarse, pero cuando algunos sonadores se silencian el daño puede amplificarse por incontables generaciones. Así es cómo, no sabremos si a conciencia de su error, la Muerte supe silenciar a Mozart la madrugada del 5 de diciembre de 1791, y aún hoy las consecuencias de esta ausencia, aunque impalpables, persisten. Por eso persistimos en hallar la razón de su ausencia y no nos basta sólo su confirmación, ¿Por qué murió?, ¿Qué lo mató?, nos preguntamos incansablemente acaso por el alivio que trae al menos tener enemigos, pero su muerte sigue siendo aún un misterio. Por eso una legión de hipótesis se postulan para protagonizar la versión más plausible. Listaremos algunas. Vamos a iniciar, más para superarla que para celebrarla, por la más conocida, que es aquella que postula una razón criminal de la muerte de Mozart: un envenenamiento a manos de su rival el compositor Salieri. Esta hipótesis fue insuflada por el texto de Alexander Pushkin «Mozart y Salieri» y la posterior obra teatral de Peter Schäffer «Amadeus» que fue llevada al cine y multipremiada con ocho Oscars. Libraremos del estigma de homicida a este compositor en las líneas que continúan. Otro al que libraremos de la acusación de envenenador es al compañero masón Franz Hofdemel, marido de una alumna de Mozart que se suicidó al día siguiente de la muerte del compositor. Sólo esta coincidencia mantuvo su nombre cargado de una inmerecida mala fama. Las hipótesis más contundentes siguen otra pista, menos novelesca y más médica. En la revista científica Annals of Internal Medicine figura la afirmación de muerte por infección por estreptococos. Los investigadores de este estudio afirman que “Mozart podría haber fallecido de un síndrome nefrítico agudo, una complicación derivada de una infección epidémica por estreptococos”. El mismo Paul Johnson, historiador y autor de una biografía de Mozart sentencia: “Se han escrito muchas tonterías sobre la enfermedad fatal, la muerte y el entierro de Mozart. Sus últimos días fueron descritos muchos años después por Sophie, la hermana menor de su esposa Constanze, cuyo testimonio tiene el valor de la inmediatez. Mozart había visto a los mejores médicos de Viena, y la causa oficial de su muerte fue hitziges Friesel Fieber (fiebre de campo severa)”.

El médico y científico mexicano Adolfo Martínez Palomo afirma que aunque no puede asegurarse la causa de muerte lo más coincidente es asociado a una insuficiencia renal terminal. Por cuerda separada el doctor Peter J. Davies, del Hospital St. Vincent, de Melbourne (Australia) asegura que el músico contrajo una infección estreptocócica , que causó una exacerbación del síndrome de Henoch-Schönlein y que de ahí se derivó la insuficiencia renal. Car Bär, también doctor, aboga por la fiebre reumática aguda, y el doctor Jan Hirschmann prefiere sostener la opción de la triquinosis.

Podríamos seguir hasta la fatiga porque de la niebla del tiempo los perfiles que puede rozar el entendimiento son infinitos, pero si acaso quisimos reseñar este ausento inconcluso sobre la muerte de Mozart es para resaltar que en ocasiones la música es obsequiosa y se cobra el precio del misterio. De Mozart no sabemos las causas de su partida, de los cuencos tibetanos tampoco sabemos nada de su llegada, Como si las huellas del compositor se perdieran en el futuro de su vida sin poderse precisar, así pero hacia atrás las huellas de los cuencos se hacen difusas. Sin embargo, ambos misterios comparten una potencia: tienen en sus sonidos todo el futuro para desplegarse.-

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