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Los Sonidos se defienden

“Así, incluso el individuo más miserable respira como una hoja en un bosque verde. Su identidad nacional lo apoyó. Una venerada historia lo recibe. Una cultura legítima acepta su voz en el coro de una gran comunidad”.

—Theodor Lessing


Todo tiempo es tiempo de prohibiciones y de vanguardias. Las fronteras de lo posible siempre están expandiéndose como también siempre se reinician los temores conservadores que aprietan la tuerca que sostiene el statu quo. La música, tan omnipresente en el asunto humano, no está ajena ni de la vanguardia ni de la prohibición. Aveces son los sonidos y sus relaciones las demonizadas, como sucedió con la distancia conocida como "Tritono" y que el monje Guido de Arezzo recomendaba evitar por ser vehículo por servirle al diablo de portal de ingreso al oído humano. Otras veces son las letras de estas músicas, o porque denuncian injusticias sociales o transgreden los límites de la moral de la época. En otras ocasiones sucede una traslación de las razones "indebidas" de los compositores a sus obras y terminan prohibiéndose estas últimas cuando en realidad lo que se quiere acallar son las conductas del inadaptado músico. Ejemplos concretos hay infortunadamente muchos. En la Alemania nazi, Willhelm Furtwängler, director de la orquesta filarmónica de Berlín, en un acto a la vez ético y cuerdo, se negó a echar cinco músicos por su procedencia judía. Nos ahorraremos el infausto desenlace de esta ética postura. También fueron prohibidos Mendelsshon y hasta Goebbels, el ministro de propaganda del tercer reich, se propuso iniciar la categoría de "Música degenerada" para poblarla de artistas que consideraba contrarios al régimen. Como su intención era desarrollar una perversa pedagogía invertida, se expusieron estas "músicas degeneradas" para que los ciudadanos comprendieran y aprendieran por la mera escucha y por contraste como debieran ser en realidad los sonidos del tercer reich. Se reproducían para ello obras de Mendelssohn, Mahler, Kronek, Schöenberg y Hindemith. Señalaremos para finalizar el tiro por la culata que supuso esta exposición. Enfrentados a estas monumentales piezas de arte sonoro los ciudadanos alemanes en vez de horrorizarse se embelesaron al punto de salir de estos eventos (concebidos para la denostación) elogiando pasajes, melodías y armonizaciones de estos prohibidos compositores. Se volvió entonces necesario lo impensado: Goebbles tuvo que cerrar la didáctica y perversa exposición y prohibir declaradamente la reproducción de las obras de estos autores en cualquier medio de difusión. Así pudo, en esta ocasión, la música defenderse por sí sola y demostrar vibrando, que trasciende las coyunturas políticas y su foro de enunciación es la universalidad. Los cuencos tibetanos así consiguieron transir las eras y las geografías y volverse transhistóricos y transnacionales, porque sus sonidos se defienden solos a las afrentas, porque sus vibraciones traen tan elocuente el bienestar que acallan sin esfuerzos las críticas.-

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