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Variaciones al dormir

Johann Gottlieb Goldberg era el nombre del precoz clavecinista que con obstinación astronómica se presentaba en la casa de Johann Sebastian Bach para recibir del maestro las lecciones que lo elevarían al parnaso musical que le estaba prometido. Llevaba tal fama de dotado que se lo aseguraba capaz de tocar intrincadas piezas de clavecín leyendo las partituras con las hojas boca abajo. El conde Hermann Karl von Kayserling, diplomático ruso de la nobleza alemana, era promotor del joven músico y tenían, además de un pronunciado afecto, cuartos contiguos. El conde sufría gravemente de insomnio y a consecuencia de ello llevaba consigo unas vigilias tortuosas y nebulosas, llenas del hastío que generan al cruzarse el mal dormir y las obligaciones diurnas. Para empobrecer más aún su descanso venían del cuarto contiguo, y como disparos insaciables, las notas estridentes del clavecín de Johann que utilizaba las noches para pulir su ya insuperable técnica. Esta situación desde luego no podía sostenerse en el tiempo ya que acabaría con alguna pérdida: la vida del conde o el talento progresivo del clavecinista. Ágil de ideas, aún a pesar de su mal dormir, al conde Hermann Karl von Kayserling se le ocurrió ir de visita con el maestro del chico a solicitarle le compusiera para las practicas nocturnas alguna pieza un tanto más reconfortante y próspera al dormir. Bach, más que una propuesta escucho ofrecérsele un desafío: compondría deliberadamente una pieza que generar en el oyente sensaciones que él mismo se había propuesto provocar de antemano. Esta situación, auspiciada por la astucia y bonomía del conde insomne, el genio del compositor y la pasión del aprendiz, fue partera de una de las piezas más hermosas y famosas de la historia de la música: las Variaciones Goldberg, que llevan el nombre del clavecinista estudiante. Es una Aria con variaciones y ornamentaciones para clave de doble teclado, concretamente treinta variaciones sobre un tema.

Nos alcanza sin pausa la anécdota: alguien dice dormir mejor gracias al sonido de los cuencos tibetanos. Nosotros, libres de la aspiración de poseer todas las respuestas, celebramos con una sonrisa que se haga manifiesta esa posibilidad tan venturosa.-

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